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Mujeres... agentes de cambio PDF Imprimir E-Mail


Había una necesidad, una urgencia en Jesús por ir a Samaria. No iba a estar satisfecho hasta hacer la voluntad del Padre y acabar su obra (Juan 4:34). Era necesario pasar por esta localidad de Sicar porque alguien estaba a punto de encontrarse con Él. El encuentro sería en un punto cercano y estratégico de la ciudad, en un lugar donde Él mismo pudiera descansar y calmar su sed, en el pozo de Jacob. Jesús sabía que para alcanzar a los perdidos, había que ir donde estaban ellos; debía estar presente y activo en la plaza, donde la gente hacía su vida cotidiana.

Jesús conocía la cultura, eran las mujeres quienes se dedicaban a acarrear el agua; así es que obviamente esperaba a una mujer. El Señor llegó a las doce del mediodía, no parecía ser la hora más indicada. ¿Sería que se había equivocado? ¿Sería que no estaba sincronizado? ¡De ninguna manera! Estaba esperando a la persona correcta, en el lugar acertado, a la hora exacta. ¡Qué maravilloso saber que nuestro Dios es un Dios de diseños!

En este lugar estratégico iba a darse el diálogo más largo registrado en la Biblia sostenido por Jesús con una persona. Curiosamente, no iba a ser con un hombre, ni con un líder religioso; dicha plática iba a romper con la tradición, iba a dignificar y a restaurar la posición y la esencia de una mujer. Era una mujer samaritana, cuyo nombre no se registra, quien había vivido una vida desordenada, llena de promiscuidad (había tenido 5 maridos y actualmente vivía en una relación de pecado con otro hombre). Su vida había ocasionado el aislamiento y desprecio de otras mujeres; a tal grado que tuvo que ir sola al mediodía a recoger agua ya que la mayoría de mujeres iban al pozo por la mañana.

En tiempos de Jesús se enseñaba que las mujeres no tenían salvación por ellas mismas, puesto que su única esperanza de salvación era a través de un hombre piadoso. De igual manera, estaba prohibido que cualquier varón hablara con una mujer en público. Un  rabino tenía que ignorar completamente a una mujer en público, aunque ésta fuera su pariente. Peor aún, éste no podía enseñar a una mujer porque era considerado como una pérdida de tiempo. En adición, la tradición rabínica decía que la mujer era esencialmente mentirosa, un ser dañino. La mujer era considerada culpable por el pecado. En una disputa legal, el testimonio de una mujer era válido sólo si estaba respaldado por varones.

Pero Jesús rompió la religiosidad, habló con una mujer samaritana. Empezó a entablar una conversación en donde paulatinamente la fue llevando a que reconociera su necesidad y pecado. Al principio, el pasado, tradiciones y paradigmas de esta mujer no la dejaban ver la Verdad; sin embargo, poco a poco fueron cayendo las escamas de sus ojos y su revelación de quien era Jesús cambió. Primero vio sólo a un hombre judío bueno, luego pasó a ver un profeta. Esto es trascendental ya que los samaritanos sólo aceptaban a Moisés como profeta.

En un momento crucial la mujer le dice: “Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas”(Juan 4:25). En ese momento, Jesús le replica: “Yo soy, el que habla contigo’’ ‘‘¿Qué necesitas?, porque ¡Yo soy!” “¡Necesito que sanes mis heridas y mi identidad; que me des perdón, restauración, que tus aguas vivas corran en mi espíritu!”. Muchas mujeres están creyendo que su pasado es el que determina su destino, por lo cual, se quedan atadas al ayer, ignorando que Dios no necesita su pasado para construir su futuro. La mujer samaritana inmediatamente dejó su cántaro y se fue a la ciudad a pesar del miedo o inseguridad, “¿Qué dirán de mí?”, “¿Me irán a creer, rechazar o juzgar?’ En el versículo 39 dice, “Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que  he hecho”.

Un grupo de hombres creyó en el testimonio de una mujer. La samaritana fue sacudida cuando Jesús le dijo todo lo que había hecho, pero además de su pasado, creo que también Jesús le mostró a esta mujer su destino profético, su llamado, el impacto, la influencia que ella iba a tener no sólo en su vida y familia, sino que en su ciudad.

Muchos creyeron por la palabra de ella, por la palabra de una mujer. Hubo una conmoción tan grande en esa ciudad que Jesús se quedó dos días con ellos y creyeron muchos más por la Palabra de Él. En un momento, esta mujer pasó de ser una mujer herida, rechazada y aislada, a una mujer de influencia. Pasó del aislamiento a la arena pública. Se convirtió en una mujer que impacta, transforma y edifica su ciudad.

 

 



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