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En Julio 1741, Jonathan Edwards aceptó la invitación de predicar en un pueblo vecino de Enfield, Connecticut. Era la cúspide del Gran Avivamiento (1740-42), uno de los más intensos derramamientos del Espíritu de Dios en la historia Americana. El fuego de Dios estaba cayendo por todos lados. A pesar del hecho que él había predicado “Pecadores en Manos de un Dios Airado” a su propia congregación y había tenido poco efecto, se sentía guiado a usarlo otra vez en Enfield.
Sus técnicas no eran impresionantes, siempre leía sus sermones en una voz calmada, pero con gran convicción. Impresionaba a los oyentes con el poder de la verdad y con su desesperada necesidad de Dios. Ni su estilo o la manera en que predicaba podían ser la causa de lo que pasó ese día en Enfield. Un testigo, Stephen Williams, escribió en su diario: “Fuimos a Enfield a donde conocimos al querido Señor Edwards de Northampton quien predicó un sermón muy estremecedor de los textos, Deuteronomio 32:35, y antes de que el sermón terminara había grandes gemidos y gritos llenaban toda la casa… `¿Qué haré para ser salvo? ’ `O, me estoy yendo al infierno’ ` ¿Qué puedo hacer por Cristo?, ’ y así sucesivamente. Así que el ministro se vio obligado a parar… ¡si los gritos y los alaridos eran asombrosos!” “Después de esperar algún tiempo hasta que la congregación estuviese quieta, finalmente la oración fue hecha, el poder asombroso de Dios fue visto, decenas de almas fueron convertidas esa noche, y ¡O cuán alegres y agradables se veían sus rostros.” Edwards nació en East Windsor, Connecticut, en Octubre de 1703. Su padre, Timothy Edwards, se graduó de Harvard y era el pastor de la aldea. Como muchos niños de su época, Jonathan fue educado en su hogar. Debido a que él mostró una inteligencia inusual, su padre lo matriculó en Yale a la edad de trece años. Mientras hacia su maestría, él tuvo una experiencia profunda de conversión que alteró radicalmente su vida y puso el fundamento para todo el profundo y maravilloso fruto que seguiría. Es el profundo manejo que Edwards tenía de las Escrituras lo que conecta su nombre con los más grandes pensantes cristianos.
Jonathan se trasladó a Northampton, Massachussets, para convertirse en pastor asistente de su abuelo. Unos años después Jonathan se convirtió en pastor general durante 21 años. En 1735- 37, un avivamiento pasó por Northampton. Sobre este avivamiento Edwards escribió, “Una gran y sincera preocupación por las grandes cosas de la religión y de la vida eterna se convirtió en el tema universal en todas partes del pueblo… el trabajo de la conversión era hecho de una manera asombrosa y incrementaba más y más; las almas, como sí fueran, rebaños venían a Jesucristo.” De la noche a la mañana, el pueblo fue transformado. Los ciudadanos cantaban himnos en las calles, las tabernas cerraron, los jóvenes buscaban a Dios en grupos, era imposible entrar a la iglesia a menos que se llegara horas antes. En 1740, como una repentina inundación, el Gran Avivamiento pasaba por Nueva Inglaterra, incluyendo Northampton. Fue en esta época que Edwards predicó “Pecadores en Manos de un Dios Airado” en Enfield con maravillosos resultados. Se estima que 10% de Nueva Inglaterra se convirtió durante este tiempo. Ocho años después del avivamiento, una controversia sobre la comunión separó la congregación de Edwards. Después de recibir múltiples invitaciones a pastorear prominentes iglesias en Escocia y Nueva Inglaterra, él se vio llamado a pastorear una obra misionera entre una tribu de Indios en la frontera oeste de Massachusetts. En aislamiento total, él ministró a su pequeña congregación y fielmente usó esos años para escribir sus grandes tratados teológicos. Ocho años después, cuando él tenía 55 años, él aceptó la invitación del Seminario Teológico de Princeton de ser su próximo presidente. Unos meses después contrajo viruela y murió. Era 1758. El mensaje de Edwards ¿Por qué nos debería interesar un teólogo de hace 250 años hoy en día? Edwards fue primordialmente un teólogo del avivamiento. Nadie más se compara con su penetrante discernimiento. Cada vez que el tema del avivamiento es tratado se menciona a este gran hombre.
La eternidad saturaba sus pensamientos. Él constantemente guiaba a sus lectores al cielo, el infierno, y el trono blanco de Cristo. Su perspectiva era eterna, y su discernimiento maravilloso. Su mensaje hace perder el temor a la muerte por la esperanza de compartir la gloria de Dios.
Conocía y amaba a un Dios grande. El encontró al Dios soberano, omnipotente y omnisciente que es amable y bueno más allá de la compresión humana. El adjetivo favorito de Edwards para Dios era “dulce.”
Entendía la pequeñez y fragilidad humana. Él manejaba la verdad de que el hombre debe verse pequeño a sus propios ojos para ser feliz o útil para Dios. Su persistente lógica bíblica nos hace reconocer nuestra pecaminosidad mientras nos regocijamos cada vez más en la bondad de Dios.
El discernimiento de Edwards es un gran tónico que necesita la iglesia de hoy. Estudiemos el legado de estos grandes héroes de la fe. Su historia es la historia de Dios. Sus tesoros son nuestros.
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