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Consejo Editorial

ImageMüller nació en 1805, en Prusia, en el seno de una familia acomodada. Alejado de cualquier idea de compromiso con Dios, creció lejos de éste. Aconsejado por su padre y con la idea de obtener una profesión cómoda y rentable, estudió en el seminario de teología. Quería ser ministro, aunque no había conocido de un encuentro personal con el Señor. Su gusto por el estudio lo llevó a destacarse. Tenía gran facilidad para aprender idiomas, por lo que llegó a manejar varias lenguas, incluyendo griego, latín y hebreo.

Cierta vez, cuando tenía cerca de veinte años, asistió a una reunión “informal” en donde algunas personas se juntaban para leer la Biblia, charlar y orar. Esta forma de encuentro le llamó oderosamente la atención, sobre todo el hecho de que los asistentes oraran de rodillas. Ese mismo día marcó un antes y un después en la vida de Müller; aquel que había estudiado sobre Dios sin conocerlo, había encontrado el camino de la relación personal con el Creador.

La búsqueda de Dios a través de la oración lo llevó por rumbos insospechados para él. Sus propios compañeros de seminario comenzaron a burlarse del interés real en las cosas divinas que mostraba. Sin embargo, su vida profundizaría en la relación personal con Dios.

Se trasladó a Londres, comenzando a concretar su llamado a promulgar el evangelio entre los judíos, aún antes de completar su formación misionera. En poco tiempo fue nombrado pastor de una congregación. Su pastorado se fundamentó en dos pilares: la Palabra de Dios y la oración.

Se casó con Mary Groves. Ellos vieron como incorrecta la costumbre de la época, en que los feligreses pagaban por presenciar el servicio. Decidieron que no sería más de esta manera, que dependerían de Dios y del amor de los hermanos.

Al cumplir el primer año de vivir sin sueldo, ellos descubrieron que habían recibido más de lo que solían ganar recibiendo el sueldo. Jorge dijo: “No he servido a un maestro cruel, y eso es lo que me da gozo de demostrar”. Luego de dos años de un exitoso pastorado en Tigmonth, el matrimonio Müller se mudaría a Bristol donde continuarían trabajando de la misma manera. Allí estuvieron varios años y fundaron “La Institución del Conocimiento de las Escrituras”, una escuela bíblica abierta para todas las edades.

El Trabajo con los niños

En 1835, a la edad de 30 años, Jorge se sintió guiado por Dios a establecer un hogar para huérfanos. Observando tantos niños que deambulaban en las calles con hambre, tuvo en su corazón la idea de proveerles el desayuno.

Así que se reunía con grupos de pequeños de la calle a las 8 de la mañana para desayunar con ellos, luego durante un tiempo les compartía las escrituras. El punto es que desprovisto de todo sostén oficial, Jorge Müller dependía de Dios en este y todos sus proyectos. Y Dios fue fiel, pues nunca le faltó comida para compartir. Al poco tiempo de iniciado el trabajo con los niños, ya alimentaba a una treintena de ellos por día.

Müller comentaría que un día, mientras leía el Salmo 81:10: “Abre tu boca, y yo la llenaré”, le vino a su mente la necesidad de abrir un orfanato. Así que de inmediato, alquiló una casa. El primer mes tenía alojado más de cincuenta niños. Así, mes tras mes, la obra siguió creciendo, al tiempo que mayor era la dependencia de Dios.

Una vez el doctor A. T. Pierson, fue huésped en su casa y cuenta que una noche el hermano Muller le llamó a orar y que su necesidad especial era que no había nada con que alimentar a los huérfanos hospedados en el orfanato. Pierson le recordó que todo estaba cerrado, pero él insistió en que oraran. Lo hicieron, se fueron a acostar y al día siguiente tenían el alimento necesario para salir adelante. Ellos se preguntaron cómo sucedió; la historia fue que una persona fue despertada esa noche por el Señor y motivada para que llevara alimento al orfanato para suplir las necesidades de todo un mes.
Al año y medio de inaugurado su primer orfanato, ya estaba abierto el tercero. De a un chelín o de a miles, nunca faltó pan, aunque tampoco no faltó oportunidad para que la fe de Müller no fuera probada una y otra vez.

El cólera y la viruela hicieron estragos en Europa. Esto trajo más trabajo para la obra de Müller y su esposa. A la tercera casa sucedería una cuarta, una quinta y una sexta. Los niños ya se contaban por sobre los dos mil.  

Así es que muchísimos se encontraron con un hogar y con  Cristo, y no faltó la oportunidad para ver la mano milagrosa de Dios.

Jorge Müller, hombre sensible, y amante del pueblo judío, a la edad de 93 años, pleno de salud espiritual, fue llamado a las moradas celestiales.

 

 

 
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